La letra y la vida

Pellicer: la poesía, los poetas

Por Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda - 13 de Julio, 2012, 15:41, Categoría: La letra y la vida

En varias ocasiones tuvimos el privilegio de conversar largo y tendido con Carlos Pellicer y hablamos, ¡de qué íbamos hablar!, pues hombre, hablamos, por sobre todo, de poesía, de poetas y de todo un poco, ya de lo divino, ya de humano. "Carlos de América", como lo llamó Gabriela Mistral, fue un hombre torrencial y a la vez certero en cuanto al ejercito verbal, pues tal como lo definiera Castro Leal, "le dio voz a la sorpresa de las cosas". Pellicer, al que le preguntamos que era la poesía para él, a la que siempre la nombraba con mayúscula, nos respondió rotundo:

"No creo que exista alguien en este mundo capaz de responder a esta pregunta. Tal vez por la influencia de los ángeles sea posible hacer una definición de la Poesía. Yo estoy seguro de que casi nunca he hecho la Poesía."

Y tras esto le preguntamos sobre la posible función de la poesía. Pellicer nos dijo:

"En primer lugar crear belleza y en segundo lugar, cuando sea necesario, escribir el poema de protesta, que nunca es ni será ni ha sido Poesía. Yo hago la diferencia entre lo que pienso que es Poesía y el poema de protesta."

-¿Piensa entonces Carlos Pellicer que la Poesía es una función sagrada?

"Sí, yo creo que toda manifestación de Arte representa una actitud sagrada, y es sagrada porque es la comunicación de cierta forma de misterio con gran público."

Aquí le pedimos a Pellicer que nos diera su definición del poeta. ¿Qué es y qué significa ser poeta? Nos dijo:  

"Es que no sé hasta que punto podemos asegurar que ser poeta es una forma de vivir. El oficio de vivir no permite ser poeta las veinticuatro horas del día, pues está de por medio lo más difícil que existe: el trato humano. El hombre poeta no puede vivir poéticamente, sino en aquellos momentos en que se siente tocado, o más bien herido, por aquello que lo hace sentirse poeta."

Le hicimos una pregunta inesperada: "Cuál es, a juicio de Carlos Pellicer, la diferencia fundamental entre su poética y la de Octavio Paz? Sin el menor titubeo nos respondió:

"Que la obra de Paz es fundamentalmente poética y la de Pellicer es una obra dispersa. Yo he invadido, o asaltado, todos los terrenos de la Poesía. Ahora bien, yo me pregunto: ¿Habré de verdad alguna vez habitado esos terrenos?"

Y aquí surgió el nombre de José Gorostiza. Pellicer testimonió:

"Gorostiza es el más grande poeta vivo que tiene México ahora. Es el poeta de unos cuantos poemas breves y de un poema largo y no sabemos que haya escrito más. El extraordinario poeta de "Muerte sin fin" constituye una cifra mayor en la historia de la Poesía universal."

Quisimos saber cuáles habían sido, y eran, los poetas de su preferencia:

"Todo el mundo clásico: Quevedo, Góngora… Aunque considero que hay una superpoesía que en cuatrocientos años no se ha repetido, y además carece de antecedentes, esa Poesía es la de Juan de Yépez, San Juan de la Cruz. Los poetas de América han influido en mi manera de expresar la Poesía naturalmente. Yo tengo la influencia de Rubén Darío, Leopoldo Lugones y José Santos Chocano"

Carlos Pellicer acababa de regresar de un viaje a Grecia, por lo que la gran Poesía épica griega salió a colación. Se me ocurrió preguntarle si le hubiera gustado escribir "La Odisea". Me dijo:

"He viajado por las islas de Grecia con el recuerdo de "La Odisea" en mi mente y en mi corazón. Debo decir que, siendo yo muy joven, visité las ruinas de Troya. Y confieso que todavía sigo releyendo "La Odisea" y "La Ilíada." "La Odisea" es más poética que "La Ilíada" y, a mí en lo personal, me gusta mucho más. Imagínate el haberla escrito, tener dentro de sí todas sus vivencias… por experiencia real y directa. ¡Ah, claro que sí me hubiera gustado escribir ese grandioso poema universal".

Hablamos de poetas jóvenes, Pellicer nos dijo:

"Creo que el poeta joven más importante que tenemos en México es José Emilio Pacheco."

Hablamos de las flores y pedimos a Pellicer que nos diera el nombre de su flor preferida:

"De entre todas las flores, señoras y señores, es el lirio morado la que más me enamora. Sí, el lirio morado es, de entre todas las flores, la que más amo, y considero que las flores son el objeto de la creación".

Retornamos a la Poesía. Le preguntamos qué consejo le daría él a un poeta joven. Esta fue su respuesta:

"Que a pesar del amor a la Poesía se le guarde el más grande respeto a la Poesía. Yo creo además que es un privilegio leer la Poesía clásica. Yo diría que se leyera y se releyera lo clásico, no para imitarlo, sino para tener la sensación de lo mejor que se ha escrito poéticamente hablando."

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*Foto tomada de: http://www.poresto.net/ver_nota.php?zona=yucatan&idSeccion=1&idTitulo=178398:

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Servando Teresa de Mier

Por Juan Cervera Sanchís - 8 de Marzo, 2012, 15:17, Categoría: La letra y la vida

Imagen tomada de: http://puntocriticocultura.blogspot.com/2010/07/padre-mier-la-invencion-de-fray.html

Han transcurrido doscientos cuarenta y siete años desde que naciera en Monterrey, Servando Teresa de Mier, cuyo nombre de pila era el de José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra. Fue en verdad un hombre singular, un adelantado que veía mucho más allá que sus contemporáneos y por cuya osadía pagó  un alto precio. Su vida fue harto agitada y despierta una viva y honda admiración entre nosotros por su inteligencia y su valor.

A los dieciséis, siendo un adolescente, tomaría en la ciudad de México el hábito de Santo Domingo, aunque su vocación religiosa estaba en duda. No obstante al cumplir los veintisiete años de edad se doctoró, en teología.

Fue célebre como predicador. Debido a ello el 12 de diciembre de 1794 le fue encomendado, gran honor, pronunciar en la Basílica de Nuestra Señora de Santa María de Guadalupe un sermón en torno a la aparición de la Santísima Virgen. Ello delante del virrey y las más altas autoridades eclesiásticas.

En su sermón fray Servando Teresa de Mier expresó opiniones en relación con dicho acontecimiento que no aparecieron bien las autoridades.

Se hizo un gran escándalo y el orador fue sometido a proceso eclesiástico. Fray Servando fue condenado a diez años de reclusión. Se le envío al convento de Caldas, en Santander, España. Se iniciaría así su peregrinación.

Estando en Caldas logró escapar, pero de inmediato fue aprehendido. Se le trasladó a Burgos. Él solicitó entonces que se le trasladara a Cádiz, Andalucía, donde el clima era más benigno. Su solicitud no fue tomada en cuenta. Aunque más tarde se le trasladaría a Salamanca. De ahí volvió a escapar con mayor suerte. Consigue salir de España y llegar a Francia. Vive en Francia hasta el año de 1802. En Paris se consagra a la enseñanza y las traducciones. Escribe una refutación contra el libro del Conde de Volney, “Las Ruinas de Palmira”. Convierte con sus argumentos al catolicismo a un rabino. Se gana la confianza del Vicario General de Paris. Éste le encomienda la Parroquia de Santo Tomás.

Fray Servando no puede dejar de pensar en México y añorar su retorno, pues siempre fue un enamorado de México. Sueña y desea su reivindicación. Decide dejar la Ciudad Luz y se traslada a Roma donde encuentra numerosas dificultades por su falta de recursos económicos.

El sermón en la Basílica de Guadalupe pesa sobre él. Busca que su Santidad le concede la secularización. Deja se der dominico, pues el Santo padre se la concede y lo nombra prelado doméstico.

Vuelve a España y, al llegar a Madrid, es encarcelado. Se le envía al convento de Los Toribios de Sevilla. De ahí, poco después, logra escaparse y llega hasta la capital portuguesa. En Lisboa vive durante dos años. Se hace amigo del general Blao, quien tenía a cargo un cuerpo de ejército de españoles voluntarios. Con ellos retorna a España y lucha contra franceses. Estos lo hacen prisionero tras la batalla de Belchite. Se evade una vez más burlando a los franceses. Corre el año de 1811 cuando logra llegar a Londres. Es ahí donde escribe y manda imprimir su “Historia de la Revolución de la Nueva España”. Está ya enterado del levantamiento del cura Hidalgo en México.

Escribe en la prensa inglesa a favor de la independencia que se fragua entre los mexicanos.

En Londres conoce a Francisco Javier mina. Éste lo invita a viajar a México. Su sueño más acariciado. Acepta entusiasmado.

Corre el año de 1817. Desembarca en Soto de Marina. Mina es derrotado.

Cae el fuerte de Soto de Marina en poder de las tropas realistas.

Fray Servando es ahora prisionero de don Joaquín Arredondo. Se le traslada a la ciudad de México donde es encarcelado hasta el año de 1821 en que se le envía a Veracruz donde es embarcado rumbo a España.

En la Habana logra escaparse del barco español y consigue embarcarse en un buque estadounidense. Es así como llega Filadelfia. Ahí radica hasta la consumación de la Independencia.

En 1822 retorna a México. Es designado diputado por Monterrey. Se opone a Iturbide y por orden de éste es hecho prisionero.

En 1823 es liberado. Durante el gobierno de Guadalupe Victoria actúa como diputado de su estado natal. Por orden presidencial se le concede una pensión anual para que pueda vivir sin apuros económicos, ya que la pobreza, al igual que las autoridades, también lo ha perseguido sin misericordia a lo largo de su agitada vida. Con esa pensión, por fin, podrá sobrevivir en unas habitaciones de Palacio Nacional. Vive ahí, rodeado de libros, la única etapa relativamente calmada de su existencia. Esos cuatro años finales de su vida. El 3 de Diciembre de 1827 deja de existir a los 62 años de edad. Su muerte conmovió a la nación. Se le hicieron solemnes honras fúnebres y se le sepulto en Santo Domingo donde descansa hasta la fecha

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México y el vino

Por Juan Cervera Sanchís - 25 de Febrero, 2012, 13:46, Categoría: La letra y la vida

                                                                                       

El 17 de agosto de 1521 don Hernando Cortés y sus hombres celebraban con una opípara comida su llegada a la gran Tenochtitlan. Corrió el vino. Era vino de Castilla traído desde Veracruz a la ciudad derrotada de los meshicas.

Fueron aquellos los primeros envíos de vino peninsular a las tierras recién conquistadas del nuevo mundo, dado que era costumbre que los peninsulares comieran acompañados de una botella de buen vino. Naturalmente que aquellos envíos de vinos se fueron incrementando al paso del tiempo.

Don Hernando nombró a Juan Bello escanciador por lo que pasó a la historia como el primer escanciador de las Américas. En las ordenanzas de don Hernando (1524) hay varios capítulos en donde se habla respecto al cultivo de la vid en la Nueva España.

Se establecen determinadas obligaciones para los vecinos que quieran dedicarse a ello. No obstante, el cultivo de la vid en aquellos tiempos estuvo casi por completo a cargo de los misioneros, dado que en las misiones se necesitaba el vino para el oficio de la Santa Misa y, por supuesto, para el consumo en las comidas. Los frailes lograron incluso injertos de las cepas silvestres de la tierra con las llegadas de España, que dieron vinos excelentes.

Los primeros vinos que se obtuvieron en México se dieron en lugares de Puebla, Michoacán, Querétaro y Oaxaca.

En 1594 en la hacienda del Rosario, Coahuila, cerca de Santa María de las Parras, Francisco de Urdiñola, capitán del ejército español, establece la primera bodega que hubo en la Nueva España. Más tarde se abrirían otras en San Luis de la Paz, Guanajuato y California.

Fray Junípero de Serra, quien funda la primera misión en Loreto, logra mejorar las vides silvestres y no se diga el incansable padre Juan de Ugalde que, en aquel territorio, hizo prodigios a fuerza de trabajo, consiguiendo vinos tan buenos y aún mejores que los que llegaban de la Península Ibérica.

Otro impulsor del vino en México fue fray Martín de Valencia.

Siendo el año de 1597 Lorenzo García, un laborioso poblador español, afincado en el Valle de Parras, abre ahí sus bodegas.

Estas bodegas serían adquiridas en 1870 por Evaristo Madero, quien las agregó a la Hacienda del Rosario, que ya era suya y que perteneciera anteriormente al ya citado capitán Francisco de Urdiñola. El buen vino producido en la Nueva España engendró temores entre los productores peninsulares quienes influyeron para que la corona girara órdenes a los virreyes con el fin de evitar la competencia que el vino cultivado enestas tierras les hacía.

Fue así que, en 1771, el virrey Marqués de Cruillas ordenó que no se continuaran plantando vides.

Las penas para quienes no se sujetaran a dichas ordenanzas eran en extremo severas. El cultivo de la vid decayó en la Nueva España y, con ello, los ya entonces excelentes vinos novohispanos, fueron desapareciendo.

Hubo que esperar hasta la llegada de la Independencia para impulsar de nueva cuenta la viticultura en el país.

El primero que animó a los mexicanos a ello fue don Miguel Hidalgo.

Consumada la Independencia don Agustín de Iturbide reorganizó la hacienda y dio impulso a todos los cultivos poniendo especial énfasis en el de la vid.

Desgraciadamente el recién nacido país sufre una larga crisis y se desangra en contiendas entre enemigos internos y externos. Hay que esperar hasta el régimen de don Porfirio Díaz, donde se hace un enorme esfuerzo para impulsar la ya, casi en extinción viticultura.

Es entonces que se traen sarmientos franceses y son plantados en el centro del país, en la hacienda llamada Roque, próxima a la ciudad de Celaya.

Siendo el año 1910 arriba a México Antonio Perelli-Minetti. Este hombre de origen ítalo-americano planta vides en el rancho El Fresno, Torreón.

Llega a cultivar 400 hectáreas. Introduce en la región las variedades Málaga, Tokay, Petit Sirah y Zinfandel.

La nación se agita de nuevo con la Revolución.

Los viñedos son abandonados. Se ha de esperar más de una década para comenzar de nuevo.

Se comienza otra vez y, desde entonces, el cultivo de la vid en México viene creciendo y la excelencia de los vinos mexicanos es más y más apreciada. Ahí están los vinos de las Bodegas de Santo Tomás, procedentes de Baja California, donde destacan los tintos Barbera y Valdepeñas y el blanco Chenin Blanc, entre otros.

En Querétaro, Las Cavas de San Juan, bajo la marca Vinos Hidalgo, cultivan ricas uvas, como la Cabernet Sauvigno y la Pinot Noir. En San Juan del Río las Bodegas Cruz Blanca de la familia Nicolau, de origen catalán, difunden las marcas Montebello y Cruz Blanca. Aguascalientes contribuye a la excelencia de los vinos nacionales con el San Marcos y el Conde de Ayala.

En todas las culturas antiguas el vino tuvo su Dios. Los etrusco lo llamaron Fufluns, los egipcios Osiris, los sumerios le rendían culto bajo el halo de la diosa Gestin, los griegos cultivaron su devoción bajo el éxtasis de Dionisios y los romanos desbordándose con los excesos de Baco.

El vino, sí, el vino en México, cuyas primeros viñedos fueron plantados por orden de don Hernando Cortés y tras el éxito de los mismos despertó miedos y celos en la corte de Madrid, por lo que el rey Felipe II en 1595, setenta años después, prohibió su replantación, aunque fue desde México que se propagó el cultivo de la vid en el resto de América.

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Foto de la enóloga Debbie Beard

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Sebastián de Aparicio. El primer transportista de América.

Por Juan Cervera Sanchìs - 29 de Enero, 2012, 16:57, Categoría: La letra y la vida

                                               .

Sebastián Aparicio Prado, vino al mundo en Galicia, España, dado que sus padres eran personas escasas de fortuna, a la edad de 20 años decidió trasladarse a la Nueva España. El había nacido el 20 de Enero de 1502, así que llegó a Veracruz al año siguiente de haberse consumado la conquista. Hernán Cortés acababa de ser nombrado por Carlos V gobernador y capitán general de la Nueva España. Sebastián Aparicio en lugar de quedarse en la Ciudad de México prefirió establecerse en la Puebla de los Ángeles. Ahí se inició como agricultor.

Después se hizo arriero, es decir, transportista. Esto le dio la oportunidad de conocer los caminos de herradura y las antiguas verdades creadas por lo naturales. Cruzó selvas y montes en mitad de las múltiples dificultades que aquella incipiente red de comunicaciones le permitían. Esto le hizo reflexionar sobre la necesidad de crear caminos carreteros, tal como los había en el viejo continente, con el fin de hacer con ellos los carruajes, que aún no los había en el viejo mundo. Fue así que invirtió parte de sus ganancias en abrir el camino de México a Puebla y de Puebla a Veracruz. Estas fueron las primeras carreteras que existieron en la Nueva España y en todo el continente americano. Abiertos estos caminos había que construir los carros. La infraestructura ya estaba allí. Sebastián, con sus propias manos, construyó la primera carretera y las primeras ruedas que rodarían sobre la tierra del nuevo mundo. Fue así que Sebastián de Aparicio, hombre práctico, conquistaba el lugar de honor en la historia del transporte en América, aunque entonces estaba aún lejos de llamarse así.

En esta labor le ayudó un viejo soldado conquistador, quien había ejercido con anterioridad el oficio de carpintero en España. Se ignora el nombre de este soldado y carpintero. Para que los carros que se comenzaron a construir pudieran ser activados hacían falta animales de tiro. Ya había en la Nueva España caballos, asnos y novillos. Sebastián decidió domar novillos para uncirlos a sus carreteras y así surgió el primer transportista del continente americano. El primer hombre con una clara visión de las comunicaciones en la Nueva España. En verdad fue una personalidad notabilísima Sebastián de Aparicio. Con justa razón algunos, muy atinadamente, han llamado a este constructor de caminos y carreteras y, además, domador de novillos, "el primer charro mexicano". Ciertamente aquí se hizo y aquí hizo mucho que durante su larga vida realizó, que no fue poco.

En su afán de crear caminos de comunicación, en 1542, abrió el que iría de la ciudad de México a Zacatecas. De este modo, los minerales que hasta entonces se transportaban a lomo de mulas pasaron a ser transportados en amplios carromatos.

Existía otro problema en relación con la carretera México-Zacatecas. Buena parte de territorio por donde cruzaba estaba habitada por indígenas chichimecas, quienes no veían con buenos ojos aquella, para ellos, extraña manifestación, por lo que solían atacar a los transportistas. El inteligente Sebastián de Aparicio, a fuerza de paciencia y con mucha habilidad, consiguió establecer comunicación con ellos, tras aprender su idioma y hacer amistad con sus principales jefes. Los chichimecas permitieron el tránsito y acabaron apreciando a Sebastián como si fuera uno de los suyos.

Durante diez años, el barbado Tata Aparicio, dirigió el transporte directamente por la carretera de México-Zacatecas. La vida de Sebastián de Aparicio fue la de un afanoso e ingenioso hombre de empresa y activo creador de riqueza que compartía con todos los que laboraban con él.  Fue agricultor, navegante, arriero y carretero. En su vida íntima enviudó dos veces. A los 72 años de edad, tomó el hábito de hermano lego de la Orden de San Francisco. Jamás tuvo apego a las riquezas materiales. Su vocación fue la de servir a sus semejantes y así la practicó día con día a los largo de su fructífera vida.

En el convento se dedicó, con gran respeto a realizar los trabajos más humildes.

Murió el 25 de febrero de 1600. Contaba al morir con 93 años de edad. Sus restos mortales yacen en Tecali, Estado de Puebla.

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* Fotografía tomada por Alonso Marroquín Ibarra. Título: Estacionado perfecto.
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