Entre la realidad y el sueño

LLUVIA

Por JUAN CERVERA - 13 de Diciembre, 2014, 4:07, Categoría: Entre la realidad y el sueño

El amor es así, como la lluvia,

como la lluvia lenta de esta tarde

en que a solas conmigo pienso en ti

y allí donde tú alientes

me gustaría estar con tu calor y el mío

y con tu mano dulce entre mi mano amarga

imaginando posibles paraísos

con los ojos perdidos en las llamas

con vocación de ascuas

de aquella legendaria chimenea

en la casa que tú y yo, en aquella casa,

que nunca, nunca, ¡oh Amor!, compartimos

y jamás, jamás  nunca, nunca compartiremos,

pero siempre soñamos compartir.

El amor es así, como la lluvia,

como la lenta lluvia de esta tarde…

 *

JUAN  CERVERA  SANCHIS Y  JIMENEZ Y RUEDA

 *

Andalucía 13 Diciembre 2014

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PARA QUE LO SEPAS

Por jUAN cERVERA - 26 de Noviembre, 2014, 4:02, Categoría: Entre la realidad y el sueño

No sé, la verdad no sé

si esta sombra que soy yo

es mi sombra o es la sombra

de aquel que nunca fui yo

y no faltó quien creyera

que era yo.

No sé, la verdad no sé.

Que yo, la verdad, que yo,

que yo no he sabido nunca

quién soy yo,

pero sé, y lo sé muy bien,

que el Sol no sabe que es Sol.

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Le pondría

Por Juan Cervera Sanchìs Jimènez y Rueda - 24 de Mayo, 2013, 12:23, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Le pondría

los cascabeles al gato

negro y ciego de la vida,

y a la gata de los celos,

con gusto, la vestiría

de  niñas lunas crecientes

y estrellas enternecidas.

Cansado de realidad,

le pondría

los cascabeles al gato

miserable de este día,

hambriento de gata y noche

y sediento de caricias.

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Juguetes

Por Juan Cervera Sanchìs Jimènez y Rueda - 12 de Diciembre, 2012, 14:22, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Juguetes desechables.

¿Es eso lo que somos?

¿No somos más que eso?

Pienso en mis muertos.

Pienso y pienso

y no dejo de pensar

y busco y busco,

y busco una respuesta

y no hallo la respuesta.

¿Hay una respuesta acaso?

¿Tiene alguien la respuesta

o es inexplicable en sí misma la vida?

¡Oh tú! ¡Oh yo! Nosotros,

seres  inexplicables,

pregunta sin respuesta.

Tal vez. Quizás. Quién sabe.

Te mentiría si te digo que  sé.

Si te digo  que somos

algo más que juguetes desechables.

Ante este interrogante,

angustiante y sangrante

y efímero misterio que es la vida,

yo no tengo respuesta,

yo apenas si presiento,

infinito y rabioso desencanto,

que soy, que somos, ¡¡¡ay!!!

juguetes desechables.

*

JUAN CERVERA SANCHIS JIMÉNEZ Y RUEDA

México D. F. Colonia San Rafael 6 noviembre 2012

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Libro abierto

Por Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda - 11 de Octubre, 2012, 9:25, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Imagen: columnayensayo.blogspot.com

Libro abierto. Memoria.

Horizonte de espejos.

Llanuras de cristal.

Ríos de ensueño.

Mares de pensamientos encendidos.

Sé de mí que no sé nada de mí.

De ti sé que no sé nada de ti.

Libro abierto y en blanco.

Páginas como nubes

huyendo de sí mismas.

Escribiré en el aire

seguro de que nadie me leerá.

Escribiré en el agua un poema de amor

con vocación de cielo

y escribiré en la arena y en el barro.

Libro. Mi libro abierto

y tu libro cerrado.

Mi corazón de niño adivinando.

Tú y yo. Yo y tú.

Nosotros, por siempre y para siempre,

viviendo en la palabra no nacida

y naciendo y soñando en la palabra,

en el verbo musical de la música

inaudible de Dios,

donde  todo es posible e imposible.

Memoria y libro abierto

donde no hay una coma

ni un diminuto punto suspensivo

donde pueda instalarse

la crueldad infinita del olvido

*

JUAN CERVERA SANCHIS JIMÉNEZ Y RUEDA

México D. F-, 10 Octubre  2012 

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Delirio de Raúl X

Por Chobojo Master - 31 de Enero, 2010, 12:16, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Por Juan Cervera Sanchís

 

De su libro "Entre la realidad y el sueño"

 

No es la tormenta, no es el rayo, ni la soledad de estas cuatro paredes. Yo ya estaba loco mucho antes. De niño maté moscas y lagartijas y ahora me duele la conciencia.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos. "No hay más divinidad que la realidad misma".

Recuerdo y recuerdo y, el caballo de mis recuerdos, galopa por los pastizales de mi desesperación. Tengo que alcanzar a mi sombra. Tengo que alcanzarme a mí mismo. Y pronto.

Recuerdo, ¡ah!, y cómo recuerdo. En Nueva York asesiné mil teléfonos públicos y en Roma quinientas mitras.

Recuerdo cuando en Sevilla estrangulé cien botellas como diez mandamientos y dos guitarras angustiadas.

"Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo". Y los niños volaban cometas de esperanza.

Los niños siempre están volando, contra todos los malos vientos, cometas de esperanza.

Yo lo se... Los locos sabemos.

No, no es la tormenta ni la lluvia ni la soledad... ¿Qué soledad, Mefistófeles? Dime, ¿qué soledad? Tú sabes... No, no es nada, ni de aquello ni de esto tampoco.

¿Me explico? Si los ángeles, ¿quién me contó que los ángeles eran buenos? No son buenos, ¿Verdad? Ellos están fusilando noche y día al noble Lucifer en el paredón de la sangre.

Ellos están... y nosotros somos los únicos espectadores.

Hay que reconocer que nadie tiene la culpa, ni la Anti-materia ni el Anti-dios que los sábados, todos los sábados, se emborracha en la cantina amarilla, amarilla, sí, de la Vía Láctea. Pobre Sirio, Federico, pues allí ya no hay niños...

Fuimos amigos en tiempo de la bellota y en los días del caracol. Así son las cosas, qué le vamos hacer.

El villano triste lo dijo yo no quise creerlo, pero ahora, ahorita, ahoritita que pasan hambre los cipreses del camposanto y los hornos crematorios huelen a carne quemada de inocentes yo sé lo que no sé y lo que no sé es lo que importa verdaderamente.

¡Ah!, sobre todo sé que lo que no hago y tengo que hacer es fundamental. Por algo me llamo cobarde en mis duermevelas.

Sí, sí, tengo que hacer muchas cosas. Tenemos que construir puentes entre la noche y el día, entre lo rojo y lo blanco, entre el fuego y el agua.

Tenemos que enderezar árboles torcidos. Alimentar niños. Hace falta ropa, arroz, leche, carne, libros, ordenadores, sueños.

La tierra parece un nido de gorriones sin padres, boquiabiertos. Sí, alguien puede arrojarnos la bomba. Tenemos que impedirlo. Tenemos que impedir muchas cosas urgentemente. Con la mayor urgencia.

Los atracadores nos cercan. Son muy educados. Usan trajes, camisas, corbatas de seda y anillos de oro, pero nos rodean como una muralla China. Derrumbemos la muralla.

Veo crecer enormes multitudes de pies desnudos. Hambrientas multitudes sin un hilo de esperanza al que asirse.

¿Qué hombre o qué niño de pies desnudos me está soñando y pidiéndome ayuda?

Sin duda sucede algo insólito, está sucediendo algo insólito. Alerta. Estamos alerta, porque...

Sí, muy pronto vamos a ver y oír. Dejaremos de ser ciegos y sordos. Marte está enrojeciéndose más de lo acostumbrado. Cuidado con el monstruo. Mucho cuidado.

Aunque Venus sigue teniendo fe en el Gran Cambio, lo que no evita que los banqueros vivan aterrorizados y Pedro el policía ande pensando quemar su uniforme pues ya no le cabe su carne en él.

Se lo ha dicho a su mujer en secreto y, ésta, en secreto, se lo ha dicho a su amante, Julio el mecánico y, éste, lo anda diciendo por ahí.

Ya nadie sabe si su hijo es su hijo o su padre es su padre. Son muchos los que tienen la sensación de que son unos pobres hijos de puta, lo que no importa gran cosa.

Importa la sangre y la sangre se hace río y el río mar y, el mar, sostiene barcos que navegan y navegan, aunque no sepan hacia qué puerto o isla remota.

No, no es para morirse de miedo si de vez en vez naufraga un barco. Los naufragios son necesarios.

Hay extraños peces que tienen hambre de carne de piratas, pues ya se cansaron de devorar famélicos galeotes alimentados con sopa de mazmorra.

En tiempos de los galeotes... En tiempos... No, no hay tiempo pasado. No hay tiempos.

Sólo existe el tiempo con todos sus espejismos.

El mundo está plagado de galeotes. Fábricas, supermercados, oficinas, redacciones...

Hubo y hay muchos galeotes. Todo está escrito en el lamento de los remos.

Ahí podemos leer una palabra clave, palabra que nunca deberíamos olvidar.

Esa palabra que suena con frecuencia en los labios de los locos y que tanto temen los que se autonombran cuerdos.

Palabra que se instala fuera de las trampas de la ley y sus mañosos marcos, como la justicia misma.

Palabra que tanto inquieta a los poderosos. Es por eso que no duermen en paz cuidando sus turbias riquezas pues sienten que tras cada esquina, tras cada puerta, tras cada rostro hay un Espartaco cibernético asechando la gran ocasión.

Soplan vientos muy fuertes. Nadie podrá permanecer dormido ante lo que viene.

Ha llegado la hora. Todos los relojes del planeta Tierra la van a dar al unísono y nadie podrá dejar de escucharla.

Es inútil tratar de esconderse ante su poder ineluctable. No obstante, cuidado, mucho cuidado, porque el enemigo está decidido a todo y, sobre todo, a morir matando.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos, y lo sabemos muy bien, demasiado bien:

"No hay más divinidad que la realidad misma".

 

 

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Los niños viejos de Tacuba

Por Juan Cervera Sanchís - 8 de Enero, 2010, 1:05, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Por Juan Cervera Sanchís

 

Del libro "Entre la realidad y el sueño"

 

En la estación del Meto de Tacuba de la ciudad de México y sus alrededores, habían y pululan los que Feliciano Santiago, conductor de microbuses, llama "los niños viejos de Tacuba".

Estos ancianos de cuerpo y alma, que no pasan de los doce o trece años, en su mayoría, sobreviven respirando cemento, pidiendo limosnas, robando lo que pueden y sin saber de dónde vienen y hacia dónde van.

Entre ellos conocí a "Tártalo". Ignoro por qué lo llamaban así. El había logrado progresar en relación con sus miserables compañeros.

Un comerciante de la zona se compadeció de él y le compró una caja de bolear, que le permitía dar brillo al calzado de la gente y de esa manera obtener el dinero suficiente para comer hasta tres veces al día e ir los fines de semana a disfrutar de las luchas en la Arena México, deporte-espectáculo que era su pasión.

El "Tártalo" admiraba a los villanos, especialmente al gran Scorpio y su hijo, a quienes conocía de cerca, ya que ambos vivían, y viven, en Tacuba. Para el "Tártalo" era un alto honor conocerlos y haber estrechado sus fuertes manos, así como darles brillo a sus zapatos. Al preguntarle ellos al término de la boleada:

–¿Qué te debo?, él les respondía:

–Los campeones no pagan. Y ellos le pagaban el doble.

El "Tártalo" era creyente. El párroco de Tacuba le había dado catecismo, por lo que de vez en cuando se confesaba y comulgaba y todos los domingos iba a misa y, tras rezar al Cristo de Tacuba, que es impresionante y, según dicen, muy milagroso, dejaba una secreta limosna.

El "Tártalo" tenía catorce años de edad, pero parecía mucho más pequeño. Era una especie de hormiguita negra que casi no se veía en el suelo.

Todos lo conocían, en aquella parte de Tacuba donde se entrelazan los anillos y los puentes y desembocan las salidas de la estación del Metro, escupiendo y tragándose gentes y más gentes en mitad del babélico tráfico de vendedores ambulantes y sus puestos multicolores.

El "Tártalo" rara vez salía de la zona, donde se sentía muy a gusto, excepto cuando tomaba, ocasión en que le gustaba ir a caminar por el centro histórico. Nadie, ni él mismo, sabía por qué.

Ignoraba quién había sido su padre y tenía una nublada memoria de su progenitora, ya que desde los seis años de edad se buscó la vida por su santo y seña y como su instinto le dio a entender. A la fecha había sobrevivido.

Su familia, por decirlo de alguna manera, estaba formada por viejos y jóvenes boleros, cementeros sonámbulos, ladronzuelos de fierrito y mala sangre y toda clase de mientamadres. Así era la vida allí y no quedaba otra que vivirla hasta que Dios le pusiera el hasta aquí.

Al caer la tarde de aquel 24 de diciembre el "Tártalo" guardó su roja caja de bolear, con sus cepillos y sus cremas, en el trasfondo de la miscelánea de Don Panchito, que le hacía favor, y decidió ir a la iglesia, porque, según su modo de ser y sentir, "un día tan sagrado había que oír misa, confesar y comulgar, como Dios manda". Cumplió pues con sus obligaciones religiosas y salió del templo dispuesto a compartir su alegría con "El Trompas" y El Ido", a quienes había prometido invitar.

Eran ellos dos cementeros, que vivían de respirar cemento y apenas comían, y sus mejores amigos, con los que compartía la pasión y la emoción de las luchas en la Arena México o el Toreo, aunque más de una vez salió a trompazos con ellos que le iban al Perro Aguayo y a Sangre Chicana, pero de ahí no pasó la cosa y su amistad seguía en pie.

La noche se rompía de frío, pero al "Tártalo" no le importó y buscó a sus cuates que ya lo esperaban. Tras el "quihubo, güey", acostumbrado, los tres caminaron rumbo al puesto de pollos rostizados "La Bareta Eterna". Allí el "Tártalo" pidió tres pollos y una bolsa grande de papas fritas con su correspondiente chile.

–Mucho chile, mucho chile, dijo frotándose las manos "El Trompas", mientras "El Ido" se relamía los labios anticipándose al disfrute de aquella gran cena de Navidad.

–Ahora vamos por unos pomos, prometió el "Tártalo". Y fueron por los pomos. El banquete los tenía nerviosos.

La noche navideña pintaba a toda madre. Felices de la vida se refugiaron bajo uno de los puentes, donde encendieron con cartones una pequeña fogata, viendo cómo llegaban y se iban los microbuses, que cada vez, tal como la noche avanzaba, eran menos, así como los transeúntes.

Comenzaron a comer y a beber, entre bromas:

–¡Qué sabrosura!, exclamó "El Trompas" clavándole sus dientes rotos a uno de los muslos de su pollo.

En verdad sentían que estaban comiendo como auténticos virreyes coloniales. Animosos le entraron a los pomos entre el humo de los cigarrillos y la yerba verde, de la que "El Ido" no podía prescindir. La vida les parecía aquella noche algo fantástico y digno de vivirse. Le fueron echando más cartones a la pequeña fogata. Fue su perdición pues la noche se chingó para ellos. Atraída por las llamas, apareció una patrulla de la que se bajaron dos uniformados que, sin más preguntas, comenzaron a patear la fogata y de paso a ellos con fiera violencia.

Al "Tártalo" le pareció que aquello no tenía madre, aunque estaba acostumbrado, al igual que "El Ido" y "El Trompas" a la brutalidad de los "tiras".

Lleno de rabia tomó uno de los pomos y se lo arrojó, con tanta buena o mala suerte, para él, a uno de los uniformados, dándole en plena boca. Este gritó como fiera rabiosa.

El otro uniformado se olvidó de "El Trompas" y "El Ido", a los que estaba pateando, y que aprovecharon para huir y perderse en las sombras de los puentes de Tacuba.

El "Tártalo", atrapado por los dos patrulleros, presintió que de allí no saldría vivo.

El herido en la boca escupía sangre y lanzaba toda clase de palabrotas. Era algo así como si dos mastodontes hubieran arremetido contra una indefensa ardilla. El terror se apoderó del "Tártalo". Una lluvia de golpes fue desgarrando su débil carne. En medio de un insoportable dolor y a punto de perder el sentido invocó al Cristo de Tacuba:

–¡Señor! ¡Señor!, ¡¡¡Sálvame!!!, gritó y gritó con infinita desesperación por un instante, luego se hundió en el silencio de la consoladora inconsciencia.

Los policías continuaban pateándolo como si fuese una vil cucaracha. El "Tártalo" era un charco de sangre y huesos rotos.

El policía herido, sin embargo, seguía pateándolo con irrefrenable saña, fue entonces que el otro le gritó:

–Párale! Y vámonos, esa rata está muerta. Desde lo alto de uno de los puentes "El Ido" y "El Trompas", imaginando lo peor, miraban hacia el lugar y veían como se iba la patrulla, con los ojos llenos de todos los miedos que padecen los niños viejos de Tacuba.

 

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