El toro

Por Juan Cervera Sanchís - 4 de Marzo, 2010, 23:37, Categoría: Las 1001 caras de Jano

Por Juan Cervera Sanchís

De su libro “Las 1001 caras de Jano” *

–¿Qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo aquí?, se preguntaba a sí mismo; le preguntaba al sol, al polvo, al aire, al agua y a todo cuanto lo rodeaba, sin recibir respuesta y angustiado hasta los cuernos y con los testículos arrugados de pavor.

Corrió y corrió, con ojos desorbitados, y le dio dos vueltas al ruedo en la plaza más grandiosa e importante de aquel mitológico país.

Su corazón, acelerado, era un tambor de enloquecidas resonancias, a punto de estallar y detenerse para siempre.

–¿Qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo aquí? ¿Qué hago yo aquí?, se preguntaba sin entender nada de nada.

Su miedo iba en aumento. Todo él era un bulto sombrío de nervios, de carne, de sangre y huesos despavoridos.

El Toro, ante aquella, para él, inexplicable y terrorífica realidad, tan irreal, sentía que se estaba volviendo loco.

Sí, ¿qué hacía él allí ante aquella multitud de sanguinarios terroristas, que gritaban en los tendidos? Hombres y mujeres de almas bárbaras y carentes de compasión.

¿Qué hacía él allí, lejos de los frescos e idílicos campos donde había transcurrido, hasta entonces, su feliz vida?

Una especie de figurín vertical, y vestido de colores, el Torero, algo en sí para lo que el Toro no tenía ninguna explicación, apareció con un trapo escarlata en la mano y comenzó a burlarse de él. Lo llevó con engaños hasta donde había un caballo, montado por un gordo y maloliente figurín, con un raro y largo garrote en la mano. Sin pensarlo e impulsado por su bravura arremetió contra el caballo con intención de derribarlo. Ni su fuerza ni sus cuernos le sirvieron de nada. Retrocedió chorreando sangre por su lomo dolorido.

A continuación, unos figurines, muy bailarines, con unos garapullos en la mano, le produjeron más dolor y más sangre clavándoselos en su lomo. Furioso, dejó de tener miedo y arremetió contra los que lo instigaban, sin éxito. Por más que lo intentó no pudo clavarle sus cuernos al figurín vertical, que lo engañó una vez y otra vez, con su trapo escarlata y, luego, con saña, lo atravesó, aunque sin poder darle muerte, en dos ocasiones, con una afilada y larga espada.

El coraje y el odio hacia aquel figurín vertical y perverso lo mantenían firme sobre sus cuatro patas, por lo que el figurín, sin ningún valor reconocible y sí con toda clase de ventajas a su favor, lo apuntilló en la nuca y, al fin, murió, sin saber por qué y para qué moría, como mueren los llamados toros de lidia en manos de figurines, que se dicen artistas, como los verdugos de la Edad de Media, cuando se deleitaban ejecutando a los indefensos e inocentes herejes.

 

* Publicado por Proyecto Cultural Chobojos

 

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