8 de Enero, 2010

Los niños viejos de Tacuba

Por Juan Cervera Sanchís - 8 de Enero, 2010, 1:05, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Por Juan Cervera Sanchís

 

Del libro "Entre la realidad y el sueño"

 

En la estación del Meto de Tacuba de la ciudad de México y sus alrededores, habían y pululan los que Feliciano Santiago, conductor de microbuses, llama "los niños viejos de Tacuba".

Estos ancianos de cuerpo y alma, que no pasan de los doce o trece años, en su mayoría, sobreviven respirando cemento, pidiendo limosnas, robando lo que pueden y sin saber de dónde vienen y hacia dónde van.

Entre ellos conocí a "Tártalo". Ignoro por qué lo llamaban así. El había logrado progresar en relación con sus miserables compañeros.

Un comerciante de la zona se compadeció de él y le compró una caja de bolear, que le permitía dar brillo al calzado de la gente y de esa manera obtener el dinero suficiente para comer hasta tres veces al día e ir los fines de semana a disfrutar de las luchas en la Arena México, deporte-espectáculo que era su pasión.

El "Tártalo" admiraba a los villanos, especialmente al gran Scorpio y su hijo, a quienes conocía de cerca, ya que ambos vivían, y viven, en Tacuba. Para el "Tártalo" era un alto honor conocerlos y haber estrechado sus fuertes manos, así como darles brillo a sus zapatos. Al preguntarle ellos al término de la boleada:

–¿Qué te debo?, él les respondía:

–Los campeones no pagan. Y ellos le pagaban el doble.

El "Tártalo" era creyente. El párroco de Tacuba le había dado catecismo, por lo que de vez en cuando se confesaba y comulgaba y todos los domingos iba a misa y, tras rezar al Cristo de Tacuba, que es impresionante y, según dicen, muy milagroso, dejaba una secreta limosna.

El "Tártalo" tenía catorce años de edad, pero parecía mucho más pequeño. Era una especie de hormiguita negra que casi no se veía en el suelo.

Todos lo conocían, en aquella parte de Tacuba donde se entrelazan los anillos y los puentes y desembocan las salidas de la estación del Metro, escupiendo y tragándose gentes y más gentes en mitad del babélico tráfico de vendedores ambulantes y sus puestos multicolores.

El "Tártalo" rara vez salía de la zona, donde se sentía muy a gusto, excepto cuando tomaba, ocasión en que le gustaba ir a caminar por el centro histórico. Nadie, ni él mismo, sabía por qué.

Ignoraba quién había sido su padre y tenía una nublada memoria de su progenitora, ya que desde los seis años de edad se buscó la vida por su santo y seña y como su instinto le dio a entender. A la fecha había sobrevivido.

Su familia, por decirlo de alguna manera, estaba formada por viejos y jóvenes boleros, cementeros sonámbulos, ladronzuelos de fierrito y mala sangre y toda clase de mientamadres. Así era la vida allí y no quedaba otra que vivirla hasta que Dios le pusiera el hasta aquí.

Al caer la tarde de aquel 24 de diciembre el "Tártalo" guardó su roja caja de bolear, con sus cepillos y sus cremas, en el trasfondo de la miscelánea de Don Panchito, que le hacía favor, y decidió ir a la iglesia, porque, según su modo de ser y sentir, "un día tan sagrado había que oír misa, confesar y comulgar, como Dios manda". Cumplió pues con sus obligaciones religiosas y salió del templo dispuesto a compartir su alegría con "El Trompas" y El Ido", a quienes había prometido invitar.

Eran ellos dos cementeros, que vivían de respirar cemento y apenas comían, y sus mejores amigos, con los que compartía la pasión y la emoción de las luchas en la Arena México o el Toreo, aunque más de una vez salió a trompazos con ellos que le iban al Perro Aguayo y a Sangre Chicana, pero de ahí no pasó la cosa y su amistad seguía en pie.

La noche se rompía de frío, pero al "Tártalo" no le importó y buscó a sus cuates que ya lo esperaban. Tras el "quihubo, güey", acostumbrado, los tres caminaron rumbo al puesto de pollos rostizados "La Bareta Eterna". Allí el "Tártalo" pidió tres pollos y una bolsa grande de papas fritas con su correspondiente chile.

–Mucho chile, mucho chile, dijo frotándose las manos "El Trompas", mientras "El Ido" se relamía los labios anticipándose al disfrute de aquella gran cena de Navidad.

–Ahora vamos por unos pomos, prometió el "Tártalo". Y fueron por los pomos. El banquete los tenía nerviosos.

La noche navideña pintaba a toda madre. Felices de la vida se refugiaron bajo uno de los puentes, donde encendieron con cartones una pequeña fogata, viendo cómo llegaban y se iban los microbuses, que cada vez, tal como la noche avanzaba, eran menos, así como los transeúntes.

Comenzaron a comer y a beber, entre bromas:

–¡Qué sabrosura!, exclamó "El Trompas" clavándole sus dientes rotos a uno de los muslos de su pollo.

En verdad sentían que estaban comiendo como auténticos virreyes coloniales. Animosos le entraron a los pomos entre el humo de los cigarrillos y la yerba verde, de la que "El Ido" no podía prescindir. La vida les parecía aquella noche algo fantástico y digno de vivirse. Le fueron echando más cartones a la pequeña fogata. Fue su perdición pues la noche se chingó para ellos. Atraída por las llamas, apareció una patrulla de la que se bajaron dos uniformados que, sin más preguntas, comenzaron a patear la fogata y de paso a ellos con fiera violencia.

Al "Tártalo" le pareció que aquello no tenía madre, aunque estaba acostumbrado, al igual que "El Ido" y "El Trompas" a la brutalidad de los "tiras".

Lleno de rabia tomó uno de los pomos y se lo arrojó, con tanta buena o mala suerte, para él, a uno de los uniformados, dándole en plena boca. Este gritó como fiera rabiosa.

El otro uniformado se olvidó de "El Trompas" y "El Ido", a los que estaba pateando, y que aprovecharon para huir y perderse en las sombras de los puentes de Tacuba.

El "Tártalo", atrapado por los dos patrulleros, presintió que de allí no saldría vivo.

El herido en la boca escupía sangre y lanzaba toda clase de palabrotas. Era algo así como si dos mastodontes hubieran arremetido contra una indefensa ardilla. El terror se apoderó del "Tártalo". Una lluvia de golpes fue desgarrando su débil carne. En medio de un insoportable dolor y a punto de perder el sentido invocó al Cristo de Tacuba:

–¡Señor! ¡Señor!, ¡¡¡Sálvame!!!, gritó y gritó con infinita desesperación por un instante, luego se hundió en el silencio de la consoladora inconsciencia.

Los policías continuaban pateándolo como si fuese una vil cucaracha. El "Tártalo" era un charco de sangre y huesos rotos.

El policía herido, sin embargo, seguía pateándolo con irrefrenable saña, fue entonces que el otro le gritó:

–Párale! Y vámonos, esa rata está muerta. Desde lo alto de uno de los puentes "El Ido" y "El Trompas", imaginando lo peor, miraban hacia el lugar y veían como se iba la patrulla, con los ojos llenos de todos los miedos que padecen los niños viejos de Tacuba.

 

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