
CANTO DE GRATITUD AL HERMANO CERDO
La bellota
Somos lo que comemos, tú lo sabes,
y es por eso que tú
rindes sagrado culto a la bellota.
Hay que verte comer, ¡oh cerdo hermano!
Hay que verte comer, comer, comer,
supremo ritual de vida en pleno.
Hay que oír el musical crujido
de la dulce bellota entre tus dientes.
Hay que experimentar la religión del hambre
reflejada en el brillo de tus ojos
en ese santuario de vida en plenitud
que es la acogedora y armoniosa dehesa,
donde la espléndida y pulposa bellota
reina y canta y enriquece tus carnes
de embelesadoras excelencias.
La bellota, ¡oh Dios de Dioses sumos!,
tan bella y seductora, tan tierna y placentera.
La bellota, la bellota te digo,
la bellota que tú, fantástico alquimista,
artista delicado y hondo sabio,
transmutas finalmente en sabrosos prodigios:
en lonja de jamón, en sabroso bocado
de chorizo, chuleta o salchichón,
y en deliciosa y apetecible rodaja
de irresistible caña de lomo,
con el noble y único propósito
de enamorar el exigente y exquisito paladar
de la humana criatura, tan en deuda contigo,
que, con tanta humildad y bondad infinita,
nos das y nos das tanto, sin pedirnos siquiera,
ante el brutal cuchillo con que el hombre consuma
tu siempre inevitable sacrificio,
prontitud y eficacia en trance tan doliente,
¡oh hermano amigo cerdo!
¡oh cerdo amigo hermano!,
permíteme cantarte en la nutricia luz de la bellota.