Delirio de Raúl X

Por Chobojo Master - 31 de Enero, 2010, 12:16, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Por Juan Cervera Sanchís

 

De su libro "Entre la realidad y el sueño"

 

No es la tormenta, no es el rayo, ni la soledad de estas cuatro paredes. Yo ya estaba loco mucho antes. De niño maté moscas y lagartijas y ahora me duele la conciencia.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos. "No hay más divinidad que la realidad misma".

Recuerdo y recuerdo y, el caballo de mis recuerdos, galopa por los pastizales de mi desesperación. Tengo que alcanzar a mi sombra. Tengo que alcanzarme a mí mismo. Y pronto.

Recuerdo, ¡ah!, y cómo recuerdo. En Nueva York asesiné mil teléfonos públicos y en Roma quinientas mitras.

Recuerdo cuando en Sevilla estrangulé cien botellas como diez mandamientos y dos guitarras angustiadas.

"Amarás a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo". Y los niños volaban cometas de esperanza.

Los niños siempre están volando, contra todos los malos vientos, cometas de esperanza.

Yo lo se... Los locos sabemos.

No, no es la tormenta ni la lluvia ni la soledad... ¿Qué soledad, Mefistófeles? Dime, ¿qué soledad? Tú sabes... No, no es nada, ni de aquello ni de esto tampoco.

¿Me explico? Si los ángeles, ¿quién me contó que los ángeles eran buenos? No son buenos, ¿Verdad? Ellos están fusilando noche y día al noble Lucifer en el paredón de la sangre.

Ellos están... y nosotros somos los únicos espectadores.

Hay que reconocer que nadie tiene la culpa, ni la Anti-materia ni el Anti-dios que los sábados, todos los sábados, se emborracha en la cantina amarilla, amarilla, sí, de la Vía Láctea. Pobre Sirio, Federico, pues allí ya no hay niños...

Fuimos amigos en tiempo de la bellota y en los días del caracol. Así son las cosas, qué le vamos hacer.

El villano triste lo dijo yo no quise creerlo, pero ahora, ahorita, ahoritita que pasan hambre los cipreses del camposanto y los hornos crematorios huelen a carne quemada de inocentes yo sé lo que no sé y lo que no sé es lo que importa verdaderamente.

¡Ah!, sobre todo sé que lo que no hago y tengo que hacer es fundamental. Por algo me llamo cobarde en mis duermevelas.

Sí, sí, tengo que hacer muchas cosas. Tenemos que construir puentes entre la noche y el día, entre lo rojo y lo blanco, entre el fuego y el agua.

Tenemos que enderezar árboles torcidos. Alimentar niños. Hace falta ropa, arroz, leche, carne, libros, ordenadores, sueños.

La tierra parece un nido de gorriones sin padres, boquiabiertos. Sí, alguien puede arrojarnos la bomba. Tenemos que impedirlo. Tenemos que impedir muchas cosas urgentemente. Con la mayor urgencia.

Los atracadores nos cercan. Son muy educados. Usan trajes, camisas, corbatas de seda y anillos de oro, pero nos rodean como una muralla China. Derrumbemos la muralla.

Veo crecer enormes multitudes de pies desnudos. Hambrientas multitudes sin un hilo de esperanza al que asirse.

¿Qué hombre o qué niño de pies desnudos me está soñando y pidiéndome ayuda?

Sin duda sucede algo insólito, está sucediendo algo insólito. Alerta. Estamos alerta, porque...

Sí, muy pronto vamos a ver y oír. Dejaremos de ser ciegos y sordos. Marte está enrojeciéndose más de lo acostumbrado. Cuidado con el monstruo. Mucho cuidado.

Aunque Venus sigue teniendo fe en el Gran Cambio, lo que no evita que los banqueros vivan aterrorizados y Pedro el policía ande pensando quemar su uniforme pues ya no le cabe su carne en él.

Se lo ha dicho a su mujer en secreto y, ésta, en secreto, se lo ha dicho a su amante, Julio el mecánico y, éste, lo anda diciendo por ahí.

Ya nadie sabe si su hijo es su hijo o su padre es su padre. Son muchos los que tienen la sensación de que son unos pobres hijos de puta, lo que no importa gran cosa.

Importa la sangre y la sangre se hace río y el río mar y, el mar, sostiene barcos que navegan y navegan, aunque no sepan hacia qué puerto o isla remota.

No, no es para morirse de miedo si de vez en vez naufraga un barco. Los naufragios son necesarios.

Hay extraños peces que tienen hambre de carne de piratas, pues ya se cansaron de devorar famélicos galeotes alimentados con sopa de mazmorra.

En tiempos de los galeotes... En tiempos... No, no hay tiempo pasado. No hay tiempos.

Sólo existe el tiempo con todos sus espejismos.

El mundo está plagado de galeotes. Fábricas, supermercados, oficinas, redacciones...

Hubo y hay muchos galeotes. Todo está escrito en el lamento de los remos.

Ahí podemos leer una palabra clave, palabra que nunca deberíamos olvidar.

Esa palabra que suena con frecuencia en los labios de los locos y que tanto temen los que se autonombran cuerdos.

Palabra que se instala fuera de las trampas de la ley y sus mañosos marcos, como la justicia misma.

Palabra que tanto inquieta a los poderosos. Es por eso que no duermen en paz cuidando sus turbias riquezas pues sienten que tras cada esquina, tras cada puerta, tras cada rostro hay un Espartaco cibernético asechando la gran ocasión.

Soplan vientos muy fuertes. Nadie podrá permanecer dormido ante lo que viene.

Ha llegado la hora. Todos los relojes del planeta Tierra la van a dar al unísono y nadie podrá dejar de escucharla.

Es inútil tratar de esconderse ante su poder ineluctable. No obstante, cuidado, mucho cuidado, porque el enemigo está decidido a todo y, sobre todo, a morir matando.

Sí, yo lo sé, los locos sabemos, y lo sabemos muy bien, demasiado bien:

"No hay más divinidad que la realidad misma".

 

 

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Los niños viejos de Tacuba

Por Juan Cervera Sanchís - 8 de Enero, 2010, 1:05, Categoría: Entre la realidad y el sueño

Por Juan Cervera Sanchís

 

Del libro "Entre la realidad y el sueño"

 

En la estación del Meto de Tacuba de la ciudad de México y sus alrededores, habían y pululan los que Feliciano Santiago, conductor de microbuses, llama "los niños viejos de Tacuba".

Estos ancianos de cuerpo y alma, que no pasan de los doce o trece años, en su mayoría, sobreviven respirando cemento, pidiendo limosnas, robando lo que pueden y sin saber de dónde vienen y hacia dónde van.

Entre ellos conocí a "Tártalo". Ignoro por qué lo llamaban así. El había logrado progresar en relación con sus miserables compañeros.

Un comerciante de la zona se compadeció de él y le compró una caja de bolear, que le permitía dar brillo al calzado de la gente y de esa manera obtener el dinero suficiente para comer hasta tres veces al día e ir los fines de semana a disfrutar de las luchas en la Arena México, deporte-espectáculo que era su pasión.

El "Tártalo" admiraba a los villanos, especialmente al gran Scorpio y su hijo, a quienes conocía de cerca, ya que ambos vivían, y viven, en Tacuba. Para el "Tártalo" era un alto honor conocerlos y haber estrechado sus fuertes manos, así como darles brillo a sus zapatos. Al preguntarle ellos al término de la boleada:

–¿Qué te debo?, él les respondía:

–Los campeones no pagan. Y ellos le pagaban el doble.

El "Tártalo" era creyente. El párroco de Tacuba le había dado catecismo, por lo que de vez en cuando se confesaba y comulgaba y todos los domingos iba a misa y, tras rezar al Cristo de Tacuba, que es impresionante y, según dicen, muy milagroso, dejaba una secreta limosna.

El "Tártalo" tenía catorce años de edad, pero parecía mucho más pequeño. Era una especie de hormiguita negra que casi no se veía en el suelo.

Todos lo conocían, en aquella parte de Tacuba donde se entrelazan los anillos y los puentes y desembocan las salidas de la estación del Metro, escupiendo y tragándose gentes y más gentes en mitad del babélico tráfico de vendedores ambulantes y sus puestos multicolores.

El "Tártalo" rara vez salía de la zona, donde se sentía muy a gusto, excepto cuando tomaba, ocasión en que le gustaba ir a caminar por el centro histórico. Nadie, ni él mismo, sabía por qué.

Ignoraba quién había sido su padre y tenía una nublada memoria de su progenitora, ya que desde los seis años de edad se buscó la vida por su santo y seña y como su instinto le dio a entender. A la fecha había sobrevivido.

Su familia, por decirlo de alguna manera, estaba formada por viejos y jóvenes boleros, cementeros sonámbulos, ladronzuelos de fierrito y mala sangre y toda clase de mientamadres. Así era la vida allí y no quedaba otra que vivirla hasta que Dios le pusiera el hasta aquí.

Al caer la tarde de aquel 24 de diciembre el "Tártalo" guardó su roja caja de bolear, con sus cepillos y sus cremas, en el trasfondo de la miscelánea de Don Panchito, que le hacía favor, y decidió ir a la iglesia, porque, según su modo de ser y sentir, "un día tan sagrado había que oír misa, confesar y comulgar, como Dios manda". Cumplió pues con sus obligaciones religiosas y salió del templo dispuesto a compartir su alegría con "El Trompas" y El Ido", a quienes había prometido invitar.

Eran ellos dos cementeros, que vivían de respirar cemento y apenas comían, y sus mejores amigos, con los que compartía la pasión y la emoción de las luchas en la Arena México o el Toreo, aunque más de una vez salió a trompazos con ellos que le iban al Perro Aguayo y a Sangre Chicana, pero de ahí no pasó la cosa y su amistad seguía en pie.

La noche se rompía de frío, pero al "Tártalo" no le importó y buscó a sus cuates que ya lo esperaban. Tras el "quihubo, güey", acostumbrado, los tres caminaron rumbo al puesto de pollos rostizados "La Bareta Eterna". Allí el "Tártalo" pidió tres pollos y una bolsa grande de papas fritas con su correspondiente chile.

–Mucho chile, mucho chile, dijo frotándose las manos "El Trompas", mientras "El Ido" se relamía los labios anticipándose al disfrute de aquella gran cena de Navidad.

–Ahora vamos por unos pomos, prometió el "Tártalo". Y fueron por los pomos. El banquete los tenía nerviosos.

La noche navideña pintaba a toda madre. Felices de la vida se refugiaron bajo uno de los puentes, donde encendieron con cartones una pequeña fogata, viendo cómo llegaban y se iban los microbuses, que cada vez, tal como la noche avanzaba, eran menos, así como los transeúntes.

Comenzaron a comer y a beber, entre bromas:

–¡Qué sabrosura!, exclamó "El Trompas" clavándole sus dientes rotos a uno de los muslos de su pollo.

En verdad sentían que estaban comiendo como auténticos virreyes coloniales. Animosos le entraron a los pomos entre el humo de los cigarrillos y la yerba verde, de la que "El Ido" no podía prescindir. La vida les parecía aquella noche algo fantástico y digno de vivirse. Le fueron echando más cartones a la pequeña fogata. Fue su perdición pues la noche se chingó para ellos. Atraída por las llamas, apareció una patrulla de la que se bajaron dos uniformados que, sin más preguntas, comenzaron a patear la fogata y de paso a ellos con fiera violencia.

Al "Tártalo" le pareció que aquello no tenía madre, aunque estaba acostumbrado, al igual que "El Ido" y "El Trompas" a la brutalidad de los "tiras".

Lleno de rabia tomó uno de los pomos y se lo arrojó, con tanta buena o mala suerte, para él, a uno de los uniformados, dándole en plena boca. Este gritó como fiera rabiosa.

El otro uniformado se olvidó de "El Trompas" y "El Ido", a los que estaba pateando, y que aprovecharon para huir y perderse en las sombras de los puentes de Tacuba.

El "Tártalo", atrapado por los dos patrulleros, presintió que de allí no saldría vivo.

El herido en la boca escupía sangre y lanzaba toda clase de palabrotas. Era algo así como si dos mastodontes hubieran arremetido contra una indefensa ardilla. El terror se apoderó del "Tártalo". Una lluvia de golpes fue desgarrando su débil carne. En medio de un insoportable dolor y a punto de perder el sentido invocó al Cristo de Tacuba:

–¡Señor! ¡Señor!, ¡¡¡Sálvame!!!, gritó y gritó con infinita desesperación por un instante, luego se hundió en el silencio de la consoladora inconsciencia.

Los policías continuaban pateándolo como si fuese una vil cucaracha. El "Tártalo" era un charco de sangre y huesos rotos.

El policía herido, sin embargo, seguía pateándolo con irrefrenable saña, fue entonces que el otro le gritó:

–Párale! Y vámonos, esa rata está muerta. Desde lo alto de uno de los puentes "El Ido" y "El Trompas", imaginando lo peor, miraban hacia el lugar y veían como se iba la patrulla, con los ojos llenos de todos los miedos que padecen los niños viejos de Tacuba.

 

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Un Clásico: ¡Feliz Año Nuevo!

Por Chobojo Master - 31 de Diciembre, 2009, 15:55, Categoría: General

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Del "Versario inútil y retórico a ninguna"

Por Juan Cervera Sanchís - 28 de Noviembre, 2009, 13:44, Categoría: Todo es poesía

¡0H, Ninguna,

mítica, mágica y una!

 

Siempre bella y seductora

e inigualable señora

y soberana invención

de mi amante corazón.

 

Permíteme, diosa mía,

recrear tu fantasía

y darle fuerza y color

a este imaginario amor

tan eternamente fiel

a la tinta y al papel.

 

¡OH, Ninguna,

mítica, mágica y una!

 

Tan mítica como el sol.

Mágica como el alcohol

y la forma de mirar

por primera vez el mar

los ojos limpios del niño

con sus pupilas de armiño.

 

¡OH, Ninguna,

mítica mágica y una!

 

Humildemente te ruego

que cuando me quede ciego

me prestes tus negros ojos

para evitar los abrojos

espinosos del camino

y cumplir con mi destino

que es, Ninguna, el de los dos:

Ver al unísono a Dios.

 

¡OH, Ninguna,

mítica, mágica y una!

 

 

JUAN CERVERA SANCHÍS

Publicado en “POESÍA DE VENEZUELA”

Director-Editor Pascual Venegas Filardo

Año XXIII-N° 128-Octubre-Diciembre 1985.

CARACAS, VENEZUELA.

Este fragmento del poema que, posteriormente, he titulado “Versario inútil y absurdo”, que aparece en el III tomo de mi obra poética publicado por BOHODON EDICIONES, quedó fuera y ahora aspiro a incluirlo en mi futuro libro: “VERSOS PERDIDOS Y ENCONTRADOS”

México D. F., 25 Noviembre 2009

 

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Palabras

Por Juan Cervera Sanchís - 28 de Noviembre, 2009, 13:19, Categoría: Todo es poesía

Como la piedra en invierno

la palabra verdecida

enmudece en el misterio.

 

La palabra de tu nombre

en la punta de mi lengua

enrojece de emociones.

 

Duerme en el viejo baúl,

que mi abuela me heredara,

un lazo de cielo azul.

 

Por la palabra domingo

el carmesí de tus labios

incendia los labios míos.

 

¡Qué aire de provincia sueña,

tras las niñas de tus ojos,

con balcones y veletas!

 

Las palabras pueblo y blanco

me devuelven la niñez

entre trinos de canarios.

 

 

JUAN CERVERA SANCHÍS

Publicado en “POESÍA DE VENEZUELA”

Año XXII-N° 128- Octubre-Diciembre 1985

Para el libro “VERSOS PERDIDOS Y ENCONTRADOS”

 

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El perro de María

Por Chobojo Master - 26 de Noviembre, 2009, 2:30, Categoría: Todo es poesía

El perro de María,

hecho de volanderas mariposas,

sigue y sigue a María

mordiéndole la falda,

pisándole la sombra,

ladrando juguetón

e iluminando el tiempo de María

de aladas y graciosas sensaciones.

 

El perro de María, y María, esta tarde

me devuelven la infancia,

el pueblo en que nací,

y un vaso de génesis rebosa en mi mirada

mientras que me embriago hermosamente

otra vez de inocencia bajo el sol

amando el alma niña de María en su perro.

 

 

JUAN CERVERA SANCHÍS

Publicado en la Revista Literaria

de Escritores Andaluces en Sevilla,

ALDEA Núm. 15, Abril, Mayo, Junio 1991.

Directora: María Dolores Fernández Villamarciel.

SEVILLA, ESPAÑA.

Para el libro: "VERSOS PERDIDOS Y ENCONTRADOS"

 

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En la muerte de Leonardo Rosa Hita

Por Juan Cervera Sanchís - 21 de Noviembre, 2009, 20:06, Categoría: Todo es poesía

El sueño de la vida está llamado

a acabar donde todos bien sabemos,

por más que a diario aquí nos engañemos.

Todo muerto es un gran desengañado.

 

Leonardo Rosa Hita, ya has llegado

a la muerte, nosotros aún corremos

de un lado para otro. Llegaremos

y, como tú, estaremos de ese lado.

 

Estaremos, ni tarde ni temprano,

en ese más allá sin todavía

en donde nadie a nadie hace ya sombra.

 

Que ahí, donde tú estás, poeta hermano,

al fin es toda tuya la poesía

y la luz que por luz ya no se nombra.

 

Juan Cervera Sanchís

Ciudad de México, 27 octubre 1993

 

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Canto de gratitud al hermano cerdo

Por Juan Cervera Sanchís - 17 de Noviembre, 2009, 0:50, Categoría: Canto de gratitud al hermano cerdo

 

CANTO DE GRATITUD AL HERMANO CERDO

 

Juan Cervera Sanchís

 

INDICE

 

Monumento a Fenicia

La Marrana

El Verraco

El Lechón

El Orgasmo

La Bellota

La Matanza

El Jamón

Lonja de Jamón

Caña de Lomo

El Queso de Puerco

El Salchichón

La Chuleta

El Chorizo

La Morcilla

La Butifarra

El Chicharrón

El Chamorro

 

 

 

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El chamorro

Por Juan Cervera Sanchís - 17 de Noviembre, 2009, 0:45, Categoría: Canto de gratitud al hermano cerdo

 

CANTO DE GRATITUD AL HERMANO CERDO


El chamorro

 

De las muchas bondades del chamorro

el apetito y yo solemos platicar,

pues yo y el apetito del chamorro hablamos

deificando al cerdo tan generoso y singular.

 

De las delicias tantas del chamorro

a mí y al apetito nos gusta conversar,

pensando en el verraco y la marrana,

en el alegre aceite y en la traviesa sal.

 

Que del chamorro del bendito cerdo

hay mucho, mucho y mucho que elogiar

y, la verdad sea dicha,

aunque dicha verdad aún no se ha dicho,

el chamorro del cerdo se merece un cantar.

 

Aquí tú y yo, lector amigo hermano,

unimos nuestras voces, gratitud y humildad,

y al chamorro cantamos y al cerdo damos gracias,

por cuando en el chamorro dadivoso nos da.

 

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El chicharrón

Por Juan Cervera Sanchís - 17 de Noviembre, 2009, 0:30, Categoría: Canto de gratitud al hermano cerdo

 

CANTO DE GRATITUD AL HERMANO CERDO


El chicharrón

 

El crujido del chicharrón me encanta,

que cruje el chicharrón, de tal manera,

que estimula a mis dientes en hilera

y acaricia amoroso mi garganta.

 

Que el chicharrón en mi saliva canta

su canción de manteca sonadera

y pella, saltarina y pregonera,

el gusto por el cerdo en mi agiganta.

 

Que reina el chicharrón en la botana,

ya que más que mandar, él, me seduce

y el gusto y el regusto en mi propaga.

 

Que el chicharrón me lleva hasta Chiclana,

a Cochabamba alegre me conduce,

y en salsa verde, en México, me halaga.

 

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